SUPERVIVIENTE

 

 


Un brazo cuya mano portaba Sueño cero interrumpió la puerta corrediza del ascensor.

—¿Sigues siendo un hámster? —me preguntó el vecino mientras le hacía hueco en el habitáculo.

—Sí, con mi jaula y mi rueda.

—Así que continúas empeñado en ignorar Sueño cero.

—Así es, pero tengo un primo que se lo ha leído de atrás hacia adelante y dice que no se parece a nada que haya leído antes.

—Haz el favor de salir de la rueda. Esta es la sexta vez que me lo leo y la vida me va que ni pintada.

En el portal, acopló las palmas de las manos sobre la coronilla, como si formase un cucurucho invertido, y fijó la mirada en el vacío. Aproveché para fotografiarle y enviar la imagen a un grupo de escepticistas de una red social, acompañada de unos emoticonos de ojos llorosos.

—¿Te pasa algo? —le pregunté.

—Me concentro en pedirle un taxi al universo. —Agitó Sueño cero ante mi rostro como si fuera una prueba fehaciente.

Abandonó el portal y anduvo con decisión hacia un taxi recién detenido en el borde de la acera del cual descendía un vendedor de biblias, stand portátil incluido.

A decir verdad, no era la primera vez que veía a alguien efectuar una acción similar. Me refiero a la de apoyar las manos en forma de tienda de campaña sobre la coronilla e incrustar la atención en el infinito durante segundos, a veces, minutos. Desde que Sueño cero había alcanzado el número uno en ventas, se había convertido en un fenómeno frecuente que los creyentes le pidieran lo bonico de la vida a las estrellas, ya fuese en la intimidad o en cualquier espacio público, ya fuese en plena noche o por el día.

Tuve que caminar más de lo habitual, trataba de encontrar un quiosco en el que me quisieran atender. Las nubes comenzaron a escupir su furia justo cuando me aproximaba a un establecimiento. El quiosquero unió las manos sobre la cabeza y centró la mirada al frente. Me tuvo tres o cuatro minutos al pie de su negocio, hasta que finalizó el proceso peticionario.

—Despéjeme una duda —le dije—, ¿realmente funciona Sueño cero?

—No me diga que todavía no lo ha leído.

Otro que mordía el anzuelo; le solté lo del primo que se lo había leído de atrás hacia adelante. Luego le pedí el Predicador. De brazos cruzados, parecía meditar alguna circunstancia.

—Ayer me comentó un compañero de otro quiosco que se había negado a venderle el Predicador a un tipo que le faltó por vender Sueño cero. Es usted, ¿verdad?

A partir de aquí, mantuvimos una discusión que atrajo espectadores. Una señora que alardeaba de ser escepticista se puso de mi parte y abroncó al tendero.

Había muchas maneras de conseguir lo que uno quería, mediante el propio esfuerzo, la suerte o la delincuencia, entre otras, pero, desde luego, una de ellas no era mirar al vacío, poner cara de alelado y pedir un deseo. El altercado con el quiosquero me generó ansias por reprocharle al primer sueñocerista con el que me topase que su actitud crédula fomentaba aquella pantomima, y que practicarla ponía en peligro la estabilidad mental de la gente, pues mataba las ilusiones.

A diferencia de mi vecino, apareció un taxi sin tener que imaginármelo. Añoré mi cochecito, averiado en el centro de la ciudad apenas veinticuatro horas antes. En aquel instante traumático, los nervios me atacaron, toqueteé la totalidad de las palanquitas y los botoncitos. Cesé el manoteo alocado cuando del capó comenzó a brotar una columna de humo negro. Por detrás, las pitadas me imprimieron aún mayor presión. A duras penas pude empujarlo hasta un hueco de estacionamiento. Ninguno de esos conductores que tanta prisa tenían por lo demostrado al accionar sus cláxones se dignó a bajar de su vehículo y cooperar a despejar la calzada. Incluso me acusaron de haberle pedido a las estrellas que me ocurriera semejante trance.

Por raro que pueda parecer, era el pensamiento que se había establecido. La sociedad en general había engendrado creencias de este pelo: si alguien sufría el incendio de su casa, aunque fuera por el cohete de una festividad que se hubiera colado por la ventana; era atropellado en un paso de peatones; o le caía un avión encima; se explicaba de tal forma que la víctima acababa siendo la responsable, porque se suponía que, consciente o inconscientemente, les había hecho el «encargo» a las estrellas.

Cuando el taxi alcanzó mi destino, la lluvia repicaba en las calles con intensidad. El breve trayecto que separaba el borde de la acera hasta el edificio empresarial se convirtió en una cortina torrencial. Entré chorreando a la oficina. Me despojé de los pantalones frente al lavabo y comencé a escurrirlos. A través del espejo espié a Ramón, un ingeniero de finanzas. Con las manos acopladas una con otra sobre su calva, miraba con persistencia hacia un punto indeterminado.

—¿Puedo saber qué le comunicas al urinario? —le pregunté.

Cuando le retornó la cordura, me dio palmaditas en el hombro.

—Campeón, veo que sigues siendo un hámster, eres de los pocos que conozco.

—Según ese libro, lo que le acontece a uno lo ha tenido que pedir antes.

—Eso es —confirmó, estiró la comisura del labio, intentando expresar una mueca de superioridad.

—¿Entonces te gustan mis calzoncillos?

—Ríete, Juanma, ríete, pero si en la tele solo hablan del libro.

En efecto, los medios de comunicación abogaban por la lectura de Sueño cero y por la práctica de sus supuestas enseñanzas. Era común que reunieran un comité de sabios en torno a la mesa de un plató, donde le adjudicaban a Sueño cero propiedades científicas, medicinales y hasta místicas.

A media mañana, Violeta, la jefa de recursos humanos, accedió a mi cubículo. Sujetaba Sueño cero a la altura del vientre. Me lo mostraba como si fuera el diploma honorífico de un premio que hubiera ganado.

—Basta ya de que seas un hámster, cari.

—Si nunca te ha molestado, Viole.

—Una cosa era que solo lo supiera yo, pero ahora que la gente lo sabe…

—¿Y qué importa eso?

—Hay miles de testimonios que aseguran que si utilizas las enseñanzas de Sueño cero puedes conseguir magníficas relaciones, lograr riqueza y sentir felicidad.

—¿Te apetece explicármelo esta noche después de darnos unos meneos?

—Olvídate de nuestras citas, por lo menos hasta que le eches una leída seria.

Depositó el libro de mala gana sobre un taco de papelotes y se enfiló hacia el pasillo.

Comenzaba mi jornada laboral cuando apareció don Roberto ante el cubículo y me repasó de arriba abajo. Retorció los labios en una mueca de asco, y lo más espantoso, se abstuvo de emitir comentario alguno. ¿A qué venía semejante desprecio? Mi índice productivo era de los mejores de la empresa, casi al nivel que mi índice de invitaciones a cafecitos. Quizás la teoría sueñocerista también se había instalado en las altas esferas ejecutivas y mi recelo había llegado hasta sus oídos. Atrapé el ejemplar de Violeta y lo agité al aire, como si fuera un sonajero. Fue en balde, don Roberto anduvo airado en dirección contraria.

Durante la mañana, algún compañero me observó de reojo, con desconfianza. Don Roberto me negó la palabra, hasta cuando le ofrecí el habitual café ante la máquina expendedora de bebidas calientes. Violeta me evitaba, si intentaba seguirla andaba con paso ligero, tipo marcha atlética. Cada vez que me presentaba en su despacho se encontraba reunida o desaparecida. A la hora del almuerzo, en la salita del televisor, antes siquiera de abrir el táper, me quedé solo en la mesa, pues los compañeros con los que la compartía recibieron llamadas telefónicas, a cada cual más urgente.

Por la noche, en casa, cerré Crimen y castigo y metí las narices entre las páginas de Sueño cero. Decidí estudiarlo. Ya el prólogo anunciaba que el texto contenía las claves para construir una vida plena, con abundancia y, lo más importante, cómo ser feliz. En resumen, venía a decir que cualquier persona podía influir, a través del manejo de las enseñanzas del libro, sobre las estrellas. La explicación a tal fenómeno era bien simple: todo en el universo está hecho de energía, todo, y, por ende, también el ser humano. Por tanto, como todo quisque sabe, la energía atrae más energía. ¿O era el dinero atrae más dinero?

En fin, lo que hacía Sueño cero era describir los pasos que había que realizar para lanzar parte de esa energía con la mente. De este modo, las estrellas la absorbían y devolvían una respuesta, la cual solía tratarse de lo bonico de la vida. Eso sí, si había quien experimentase situaciones contraproducentes significaba que era un patán, porque se fuera creyente o no, se tuviera intención o no, todo individuo enviaba energía al firmamento.

Entre las sábanas, después de leer la mitad del libro, me dije, medio en broma medio en serio, que lo probaría. Monté la cabañita sobre mi cocorota y me concentré en un pensamiento, el cual contenía la llamada del taller. Me informaba de que la avería de mi cochecito había consistido en una nimiedad y que pasara a recogerlo cuando quisiera, sin apenas coste para mi bolsillo.

A la mañana siguiente, antes de acudir a la oficina, me dirigí hacia el quiosco del día anterior a comprar el Predicador. Al rebasar la esquina, me fijé en el quiosquero, charlaba con una muchacha que portaba un micrófono, un cámara los grababa. De un momento a otro el quiosquero señaló en mi dirección. Eché un vistazo a mi espalda, pero no vi nada que me interesase. Para cuando reanudé la marcha, la entrevistadora y el cámara me abordaban.

—Disculpe, caballero, nos han dicho que usted es escepticista —aulló la muchacha, su compañero me enfocaba.

Los esquivé y aceleré el paso hacia el quiosco, como haría un famoso que se resiste a la prensa rosa. Como a tales personajes, me persiguieron.

—¿Es cierto que cuando se encuentra con un practicante intenta convencerlo para que abandone el sueñocerismo? ¿Es cierto que acosa a sus vecinos para que se hagan escepticistas? ¿Es cierto que monta el lío en los comercios que venden Sueño cero?

Los ignoré y le exigí el periódico al quiosquero. Su aversiva mueca precedió a este comentario:

—Veo que hoy no está interesado en Sueño cero.

Supuse que su objetivo consistía en provocarme, que la presencia de la cámara adquiría sentido si me comportaba como solía hacerlo. Le arrebaté el Predicador de la mano, le di sus monedas y detuve un taxi.

Dentro del vehículo, surgió en la pantalla del móvil, entre vibraciones y soniquetes, la palabra «taller». Lo atendí. Con una reparación sencilla y, sobre todo, barata, podría volver a conducir mi amado cochecito. Una vez hube colgado, las lágrimas me obligaron a desplegar el periódico ante el rostro.

¿Qué magia era aquella? ¿Era cierto que funcionaba Sueño cero o se había tratado de una casualidad? ¿Sería, como decían, el mayor descubrimiento de la humanidad? De ser así, surgirían posibilidades innúmero. Se podría buscar casi con total seguridad de acierto la pareja idílica, poseer una fascinante vida social y el trabajo perfecto. ¡Qué diablos!, todos le pediríamos al Universo, sin lugar a duda, lo mismo, ser millonario. Eso sí, las reglas cambiarían, se establecerían leyes en sintonía con un sistema tan igualitario. Y qué decir de los dueños del mundo, si se aprovechaban las enseñanzas de Sueño cero, todos tendríamos la oportunidad de serlo. Por no decir que la totalidad de habitantes del planeta podríamos elegir nuestro destino. Entraríamos en una nueva era, la era del sueñocerismo. El taxista interrumpió mis pensamientos para avisarme de nuestra llegada al edificio empresarial, fue entonces cuando me percaté de que había estado sujetando el Predicador del revés.

Entré en el vestíbulo de la oficina con las ideas claras: soltar la cartera y el periódico, colocar las manos en forma de cucurucho invertido sobre la cabeza y centrarme en el vacío. Y así lo hice. Fueron dos minutos en los cuales mantuve los ojos cerrados, me concentré en mi propia autoscuridad. Escuché murmullos a mi alrededor, intuí un trajín incesante de compañeros y noté las corrientes de aire que levantaban a su paso. Cuando concluí de practicar el ejercicio sueñocerista, una multitud me rodeaba. Frente a mí, en primera línea, don Roberto se frotaba las manos. Detuvo el movimiento y comenzó a aplaudir, al principio de forma espaciada, después con ímpetu. El resto lo secundó. Me saludaron con efusividad de uno en uno, como si hubiese conseguido un galardón o los méritos para ingresar en un club exclusivo. Recibí halagos del mismísimo don Roberto, que se felicitó porque hubiera recapacitado. Y lo más importante, Violeta me dedicó una de sus muecas de hoyuelos chispeantes.

Lo siguiente de mayor importancia consistió en el poderoso sentimiento de pertenencia que experimenté, me sentí cómodo con mi nueva condición de sueñocerista. Formar parte de un grupo, aunque fuera de una dimensión extraordinaria, sirvió para que me pudiera identificar con otras personas, personas iguales a mí, o yo a ellas. Todas relacionadas por un nexo común: mirar al infinito y poner cara de alelado.

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