Una colonia de ratas se instaló en el garaje y los
trasteros de la comunidad de vecinos. Los diversos venenos aplicados resultaron
ineficaces, la humedad los deterioraba. Para entonces, los roedores habían descubierto otra dimensión, un
mundo vertical sobre sus pequeñas vidas. Rosario, la del primer piso, dio la
voz de alarma cuando se topó con una rata chapoteando en el inodoro.
Los vecinos se reunieron en extrema urgencia.
Como solución transitoria, hasta que finalizara el invierno y pudieran
reparar el problema de la humedad, don Silvio, propietario del ático, comentó
que un gato podría servir de ayuda. Los vecinos aceptaron, pues su palabra les
generaba confianza. Que se tratara del presidente de la finca influyó. Asimismo,
anunció que se encargaría de conseguir el animal.
Dicho y hecho. Su primo le trajo del pueblo uno joven, eso sí, su pelaje
era negro. La situación en la comunidad no estaba como para considerar supersticiones.
Esa
noche, don Silvio soltó al inmaduro gatito en mitad del garaje y abrió el
portón. A los pocos minutos, el felino se acercó a la rampa, la ascendió con pasos
calculadores y asomó los bigotes a la calle. El primo lo sorprendió, lo agarró
de la piel del cuello y lo lanzó hacia el inicio de la rampa. Cayó de pie, se
estabilizó sobre el hormigón y se sacudió el susto de encima. Echó un vistazo al ambiente húmedo y lóbrego del interior,
y sin pensárselo mucho más, emprendió otra vez la marcha hacia la salida. Y
otra vez lo atraparon al final de la rampa y lo arrojaron. Lo intentó empleando
mayor rapidez. Obtuvo idéntico resultado, fue obstaculizado, acorralado y empujado.
Llegados a este
punto, don Silvio surgió de la oscuridad del garaje con un cuenco a rebosar de
pedazos de salmón fresco. Desconfiado, el animal guardó una distancia de
seguridad. El humano posó el cuenco en el suelo y se apartó. El gato degustó el
salmón, alternó el yantar con la vigilancia. Otro cuenco, este de agua, y unas
caricias en el lomo y detrás de las orejas, fueron suficientes para que,
sumiso, le siguiera hacia el fondo del garaje. En un rincón, dentro de un neumático, habían introducido sacos de tela
para que tuviera dónde dormir.
Por la mañana, don Silvio se lo presentó a los vecinos. Lo acogieron,
le hicieron carantoñas y le ofrecieron una
lata de atún y pan con queso. A decir verdad, no era negro por completo, una
mácula blanca cercaba el ojo izquierdo. Parecía un monóculo. Le daba un toque profesional, según
Aurora, la anciana del segundo. El minino se restregó contra
los tobillos, se enroscó en torno a los gemelos y ronroneó. Daba la impresión de habérsele olvidado el desagradable recibimiento.
Aunque, bien visto, lo tenía muy presente, las ocasiones en las que correteó
junto a los hijos de los Terranova se detuvo en seco en las inmediaciones de la
rampa, y enseguida regresó al trote hacia el interior.
A la mañana siguiente, don Silvio acudió con un cartón de leche. El
gato, dentro del neumático, exhibía la esencia tierna de un peluche y
zarandeaba la cola con alborozo. El presidente de la comunidad revisó el
garaje. El cadáver destripado de una rata, arrinconado en una esquina, atrajo
su atención. Se peinó la ceja con la uña del menique con lentitud, como si
estuviera decidiendo un asunto importante. Se acuclilló y vertió la leche en
uno de los cuencos. «¿Solo una?», le preguntó al gato, como si diera por hecho
que podía entenderle. Provisto de cierto candor, el minino alternó el recipiente
con el humano. «No has matado más…», dejó la frase en suspenso y volcó el
cuenco de un manotazo. El líquido blanco se desparramó, alcanzó las patitas del
felino. Se disponía a lamerla del suelo, cuando don Silvio le lanzó una patada.
El gato la esquivó. Sorprendido, auscultó al hombre. Unas risotadas surgieron a
la espalda del presidente. Víctor y Susana, una pareja joven residente en el
tercero, se dirigía hacia su vehículo.
—¿Y este animalito va a darle muerte a esos bichos? —cuestionó Víctor.
—Hay que darle tiempo, se le ve inocentón, pero pronto espabilará —expuso
don Silvio.
Fue decir esto y el gato encogió el cuerpo, aplastó las orejas contra
la cabeza y gruñó. Una rata de larga cola se deslizaba con velocidad pegada a
la pared en la que se integraba la puerta de acceso. El roedor desapareció bajo
los automóviles. La pareja se escondió en su coche con premura y el vehículo
circuló hacia la salida. El presidente de la finca —por séptimo año
consecutivo— abroncaba al gato entre aspavientos.
En la finca se extendió la mofa de que había llegado la Muerte para exterminar
la plaga. Cada vez que alguien se cruzaba con don Silvio se lo recordaba entre
sonrisas. «Muerte» derivó en Morty, nombre con el que lo bautizaron. Con
frecuencia, cuando uno de los vecinos accionaba el interruptor del alumbrado, se
encontraba a Morty sentado dentro del neumático, barriendo el suelo con sus
ojos atentos. Enseguida abandonaba su quehacer y se arrojaba hacia los
tobillos, y el que se lo permitía, recibía su cariñoso roce. Don Silvio recogía a diario los excrementos de Morty e
inspeccionaba las capturas. La
mayoría de las noches el minino las pasaba en blanco, o si acaso con una sola presa.
Si en esos momentos coincidía que aparecía una rata, don Silvio le atizaba al
gato con la escoba para que fuera detrás de ella. Morty, pese a lanzarse hacia
el roedor, acababa persiguiéndolo con la mirada hasta que desaparecía. Quizás porque
le causaban desconcierto los escobazos de quien le había salvado de los
peligros que acechaban tras la rampa.
—Te aseguro que
como alcancen el ático te pongo morado ese ojo blanco.
Una mañana, don
Silvio vació el trastero, caminó por delante de Morty, dedicándole una mueca de
desprecio, y se marchó con el coche. Por la tarde regresó. Del maletero, con
mucho tiento, extrajo un objeto con forma de caja de herramientas cubierto por
un trapo y lo posó sobre el suelo. Algo se revolvió en el interior, produciendo
un ruido metálico. Víctor y Susana aparcaron su vehículo.
—¿Qué haces,
vecino? —le preguntaron.
—Adiestrar —respondió,
y destapó el objeto.
—¡Hostias! —soltó
Víctor.
Se trataba de una jaula
que contenía una rata gorda, negra y de cola rosada. Susana se echó la mano a
la boca y arrugó la nariz.
—Y en el maletero
tengo otra —anunció el presidente—. Son del pueblo, le pedí a mi primo que las atrapara.
Ven, ayúdame.
—¿Yo?
—Coge a ese —le
ordenó a Víctor, señalando con la barbilla a Morty.
Susana negó con la
cabeza ante la expresión interrogativa de su pareja.
—Lo siento, es
que…
—Vuestros vecinos
de rellano se han encontrado con una en la bañera cuando iban a bañar al crío.
Los jóvenes se
alarmaron. Don Silvio cargó con las dos jaulas y se dirigió hacia el trastero.
—Pobrecito —dijo
Víctor, acariciando el cogote de Morty.
—De pobrecito
nada, está aquí a la sopa boba, sin pegar ni golpe —adujo el propietario del
ático.
—Ha dado un buen estirón
estas semanas —aseguró Susana con tono reprochador.
—Esos bichos son
el doble de los que hay aquí, lo pueden matar —afirmó Víctor.
—Entonces no
superará el período de prueba —concluyó don Silvio.
Susana se marchó
con una excusa. Víctor introdujo a Morty dentro del trastero y colocaron las
jaulas en el umbral. El gato alternaba la atención entre las ratas y los
humanos. Su candidez era insuficiente para ablandar a estos últimos, y pese a
que al joven le suscitaba lástima, fue incapaz de sugerir el indulto. Excitadas,
las ratas pretendían roer los barrotes metálicos. Don Silvio abrió las jaulas y
cerró la puerta del trastero. Víctor corrió hacia el ascensor, le había surgido
una tarea imprevista del teléfono móvil. El presidente de la finca lo ignoró, estaba
pendiente de los chillidos estridentes, los maullidos y los bufidos.
Algunos vecinos accedían
con sus coches y otros a pie. Conversó con fugacidad acerca de la climatología
y luego, a solas, estudió los índices que la bolsa ofrecía. Respiró tres veces
con profundidad, se asomó y, tras unos segundos de expectación, zarandeó el
puño en el aire. Morty salió, tenía el pelo desgreñado y el hocico embadurnado
de sangre, renqueaba de una de las patas traseras. Anduvo hasta el neumático,
se tumbó y se lamió las heridas. Con una mueca de orgullo marcada en los labios,
don Silvio le anunció que por la noche cenaría salmón. El felino le clavaba los
ojos, unos ojos nuevos, había sustituido la mirada de peluche por una
resabiada.
Morty demostró su pericia para matar. Aguardaba agazapado en la sombra,
debajo de un coche o en un rincón. Los roedores, confiados del gato tonto que
los había ignorado de manera asidua hasta entonces, abandonaban sus escondrijos
en busca de una tubería, un agujero en la pared o el hueco del ascensor. Enseguida
actuaba Morty: se lanzaba a por la desdichada de turno, le aprisionaba el
cuello con la zarpa, le hincaba las uñas y le arreaba un mordisco certero con los
incisivos. La cantidad de capturas se incrementaba día a día, depuraba la
técnica con cada una. La producción comenzó a ser notable, acorde con la
exigencia requerida. Su modo de operar era pulcro y ordenado, únicamente
generaba los residuos indispensables. Apilaba
los restos en un hueco oscuro ubicado entre dos plazas de aparcamiento, el cual
los vecinos denominaron Morgue.
Con relación a estos, Morty se mostraba esquivo. Si le acariciaban se
dejaba hacer, pero evitaba empatizar. Se mantenía quieto, paralizado, como un
cuerpo inerte. Cuando un vecino bajaba a recoger los excrementos o los despojos
de los cadáveres, o bien necesitaba algo del trastero, Morty destilaba frialdad,
era huraño. Había arrancado de su
carácter su tendencia a restregarse contra los tobillos y enroscarse en torno a
las piernas. En cuanto a la comida que le suministraban, procuraba saborearla a
solas. A decir verdad, este cambio de actitud se podía resumir de forma
sencilla: sus pupilas habían perdido la ilusión, ahora eran mates.
Una noche, de los labios del propietario del ático surgió, silbado, el
tema más conocido de la banda sonora de El bueno, el feo y el malo.
Se acuclilló ante el neumático en el cual dormía Morty y cogió el saco que le
servía al animal de cama. El minino lo observaba desde la distancia.
—Tienes que marcharte. Se ha acabado el trabajo para ti.
Como es evidente, Morty no le entendió. Su intuición le aconsejó deslizarse
por debajo de un coche. De madrugada, se despertó dentro del neumático. La
puerta por la que solían acceder los vecinos se había abierto con sutileza. Al
poco apareció don Silvio proveniente del ascensor. Morty se desperezó. Se
disponía a saltar del neumático para alejarse cuando notó otra presencia. Algo pesado
cayó sobre él y cortó el inicio de su carrera. Unas manos lo aprisionaron y lo
introdujeron en un saco, donde se revolvió y bufó. Había olido antes el aroma
que desprendía su captor, amargo, entre ajo y sudor seco.
En la calle, el primo sujetó al gato por la piel del cuello y lo arrojó
sobre la acera. Se dedicó a plegar el saco, doblez a doblez. Morty, que había
caído de pie, aprovechó para intentar escurrirse entre sus piernas y regresar a
su casa antes de que el portón del garaje se cerrase. A punto estuvo de
conseguirlo, si no hubiese sido porque don Silvio le asestó una patada en pleno
estómago y salió despedido. Encogido, retorciéndose de dolor junto a un
contenedor de basura, repasó el inhóspito entorno en el que lo estaban
abandonando.
Al cabo de cuatro o cinco días, los vecinos se preguntaron por Morty. Nadie
conocía su paradero. Habría ido detrás de una gata, o añoraría el pueblo. En
dos o tres meses se ejecutó la obra que debía solucionar el problema de las
humedades. Con todo, fue innecesario utilizar matarratas. Los vecinos
continuaron alabando el trabajo de Morty, al cual no olvidaron.
Unos
maullidos débiles en la profundidad del garaje llamaron la atención de Víctor. «¿Morty?»,
murmuró. Soltó las bolsas de la compra en el maletero y anduvo hasta la Morgue.
Se trataban de tres crías de gato tan sucias como escuálidas. Se las llevó
consigo. En otro momento, un maullido tierno atrajo a los Terranova. La Morgue
escondía otros tres gatitos, de cuyos destinos se hicieron cargo. Y lo mismo
hizo alguna que otra alma piadosa cuando halló más crías en el garaje.
Los vecinos se reunieron en extrema urgencia.
Se especuló con la posibilidad de que las gatas del barrio encontraran en
su garaje el rincón idóneo para parir, al permanecer exento de roedores que las
pudieran molestar. Otros fueron más audaces y reflexionaron sobre la idea de que
Morty había querido que sus descendientes nacieran en un lugar seguro. Fuese
una opción, la otra o ninguna, lo que quedó claro fue el sentimiento de
culpabilidad que residía incrustado en las conciencias por desconocer qué era
lo que le había sucedido a Morty meses atrás. Este reconcomio influyó para que decidieran
proteger a los gatitos. Así pues, los fueron rotando de un piso a otro.
Los mininos arañaban las cortinas, los muebles y todo lo que sus
garritas alcanzaban. Destrozaban el mobiliario de las viviendas y rasgaban las
paredes. Jugaban, saltaban, se asomaban a las ventanas. Se deslizaban por las
barandillas de las escaleras y se encaramaban a las cuerdas de tender la ropa.
De manera simultánea, aparecieron más crías en el garaje. A causa de su
naturaleza biológica crecieron muy rápido, y del mismo modo, se reprodujeron. Llegó
el día en el que cesaron de turnarse los gatos, ya que cada vecino cuidaba, al
menos, de una decena. Optaron por llevarlos a la perrera, pero el espacio era
limitado y regresaron con la mayoría. Consiguieron regalar cuatro o cinco. En
las tiendas de animales los rechazaban por ser callejeros, sin una raza
determinada ni pedigrí en la nomenclatura oficial de las razas felinas.
Los vecinos se reunieron en extrema urgencia.
Barajaron distintas alternativas y decidieron abandonarlos a su suerte
en un descampado. Aquí fue cuando intervino don Silvio.
—Haced como yo —dijo, hurgándose los dientes con un palillo—. A los que
pillo rondando por mi ático los meto en un saco y les espachurro la cabeza
contra la pared.
Este comentario, lejos de convencer a los vecinos, ocasionó en ellos el
efecto contrario. Se compadecieron aún más por los desdichados felinos, objetivo
de las crueldades de bárbaros como don Silvio. A su vez, creyeron adivinar cuál
había sido el destino del pobre Morty, por lo que la legitimidad de la palabra
del presidente podía darse por caducada. La indignación los dominó y en esa
misma reunión propusieron otra con fecha próxima y con un único orden del día:
revocar al presidente y sustituirlo. En aquel momento desconocían que dicho
encuentro nunca llegaría a celebrarse.
Permitieron que la comunidad gatuna vagara por el edificio. Les servían
comida y bebida sobre los felpudos. Los propios gatos se clasificaban en
tamaños. Se les podía ver divididos en grupos, deambulando escaleras arriba y
escaleras abajo. Se convirtió en una costumbre tropezarse con manadas de gatos
apiñadas en los rellanos. Vivían a sus anchas en el portal, en los descansillos,
en las viviendas.
Una mañana, el propietario del ático se introdujo en su hogar y cerró la
puerta con precipitación tras de sí. La situación lo atrapó sin esperarla: en
el recibidor le aguardaba un motín: gatos pequeños, medianos, grandes, blancos,
pardos, multicolores. Levantó la cabeza, el pasillo también estaba ocupado por
mininos de tamaños y pelajes dispares. Además, se les intuía en la cocina y en
las otras estancias. El tumulto era ensordecedor. La agresividad de los bufidos
y los maullidos disonantes obstruían sus propios pensamientos. Para cuando se
quiso dar cuenta, los gatitos se le habían enredado entre las piernas. Apenas
tenía espacio para dar un paso. La frente le chorreaba. Los nervios provocaron
que los pateara. Los gatos adultos maullaban y alzaban una de las patas hacia
él, como para responderle. Los adolescentes escalaron por sus piernas y espalda.
Le herían en los bíceps, en los antebrazos, en los omóplatos. La sangre brotó
de la carne abierta, igual que brotaron sus alaridos de la garganta. Unas
garras se engancharon a su labio, a modo de anzuelo. Los gritos parecían
motivar a los animales, uno se agarró a su cara con las cuatro patas. El
presidente sacudió la cabeza intentando desprenderlo. Tenía gatos acoplados por
todo el cuerpo. La fuerza que ejercían sobre él lo venció. La marabunta de
gatos fue engulléndolo a la par que sus cuerdas vocales traducían el dolor en lamentos
agónicos.
Desde la terraza del ático se podía disfrutar de una amplia vista de la
ciudad, el extrarradio y los polígonos industriales. Con la rebelión del
interior en plena efervescencia, un gato negro cuyo ojo izquierdo estaba orlado
por un círculo blanco se encaramó sobre la marmórea balaustrada y se paseó. Su
manera de andar, firme, pero sinuosa, manifestaba los rigores de una vida
ganada con esfuerzo, sudor, sangre y lágrimas, lo cual le impediría olvidar que
había quien se creía con la potestad de utilizarlo a su conveniencia, causarle
estragos en su cuerpo y mente y, cuando ya no fuera necesario o lo suficientemente
hábil, desecharlo, como a una herramienta oxidada y desgastada. Se detuvo y se
sentó sobre el brillante mármol a contemplar el panorama. De las largas
chimeneas de los pabellones industriales surgían hileras interminables de humo.
Su cola se zarandeaba en el aire con brío, dibujando ochos. Se interrumpió en seco y cayó de forma pesada sobre la balaustrada, como
el mazo de un juez.
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