En aquellas horas del amanecer el lugar se encontraba desierto, salvo por un minibús aparcado. Desde uno de los ventanales, José Luis y Tere observaban las dos montañas, una al lado de la otra, las cuales dominaban el vasto terreno; la amplitud de la base, sus aristas y el punto más alto. Entremedias, se hallaba una colina, una elevación menor, minúscula en comparación. A decir verdad, se centraban con mayor curiosidad en esta colina, en su composición quebradiza, en su naturaleza inestable, en su apariencia frágil. En realidad, parecía protegida por las dos montañas.
Ambos
pensaron una circunstancia similar: si el montículo también sufriría las fricciones
de una vida de contrastes. Pero este asunto para ellos debía de quedar
atrás, superado. La noche anterior, en el hotel, habían disfrutado de una cena
con velas, con vino mantenido frío en una cubitera, con palabras de disculpa y,
sobre todo, de perdón. Una cena para confirmar el apoyo mutuo, como era aquel
viaje. Bailaron, se besaron y se reconocieron en los ojos del otro.
En
la puerta del vehículo, el guía conversaba con los organizadores de la
excursión acerca de algún problema. Un silbido prolongado indicó la aparición del
viento. José Luis y Tere entrelazaron las manos y se trasladaron el afecto y
amor cosechados durante años. Con problemas les iban a venir a ellos ahora.
Existían
más montículos desperdigados, distanciados en kilómetros, sin embargo, el que a
ellos les llamaba la atención era aquel el cual parecía resguardado por las dos
montañas. La posición del sol había ascendido sobre estas, sus sombras se
alargaron, reflejaban una turbia sordidez, como si se hubiera potenciado su
negrura. Una oleada ventosa produjo ráfagas. Millones de granos de arena
pulularon en el ambiente. El guía, tras protegerse los ojos con el antebrazo, alcanzó
un acuerdo para postergar la excursión. Se introdujo en el interior y la puerta
neumática se cerró.
Cerrada,
como la ocasión en la que Tere insertó la llave en la cerradura de la puerta de
casa y algo impedía hacerlo por completo. Llamó al timbre y golpeó la plancha
de madera y acero con insistencia, hasta que José Luis abrió. Su marido le
explicó que había cambiado la cerradura, que aquella había dejado de ser su
casa, en definitiva, la creía culpable. Culpabilidad, un sentimiento por el que
habían atravesado los dos, y del que, con el paso del tiempo, José Luis había
decidido liberarse. En efecto, había encontrado, para alivio de su conciencia,
mayores responsabilidades en su esposa.
Una
nebulosa amarillenta envolvía el minibús. El fragor producido por el viento y
las sacudidas apenas alteraron al matrimonio. Las llamadas telefónicas con las
que algunos excursionistas alarmaban a sus familiares fueron incapaces siquiera
de preocuparles. El guía tomó el micrófono y pidió calma. Según los beduinos era
una tormenta de arena pasajera, en breve podrían montar a camello.
¿A qué venía aquella acusación de José
Luis? Tere consideró a su esposo un traidor. Después de lo que les había
sucedido, y de lo que les había costado emerger, la hacía responsable. Se
hundió, otra vez. Ambos habían sido responsables, ambos se habían retrasado a
causa de sus trabajos, ambos. Y ese coche… Menos mal que José Luis entró en
razón y rectificó. El amor estuvo a punto de desvanecerse en la pareja, pero
logró sostenerla.
La
tormenta de arena aminoró. Se aclaró el ambiente. La vasta superficie mostraba
decenas, cientos de dunas, unas nuevas, otras habían resistido la tormenta. Las
manos entrelazadas de Tere y José Luis se afianzaron más si cabía. De sus ojos
surgieron las lágrimas. Jamás podrían olvidar, si bien, no por ello debían
sentirse culpables, el verdadero culpable fue un accidente de tráfico.
Las
dos enormes montañas se mantenían incólumes, pero su protección sobre la
pequeña colina esta vez había sido insuficiente, pues la duna había
desaparecido. Las ráfagas de viento la habían deshecho, se la habían llevado
para transformarla y resurgir pedazo a pedazo, grano a grano, en nuevas creaciones
del vasto Universo.
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