PÉRDIDAS





La primera vez que me di cuenta de que la vida no se parecía a como me contaban mis papás o en la escuela tendría diez u once años, más no. Lo que sí recuerdo a ciencia cierta es que tan pronto como desperté corrí hacia mis regalos. Estaban colocados sobre la alfombra, pegaditos al árbol de Navidad. Rompí con efusividad el papel de regalo de cada uno, hasta que encontré el que me interesaba, del tamaño de una caja de zapatos. Estiré las manos muy rápido hacia mi esperado cochecito, un Toyota. Se parecía al que conducía mi padre. El exterior era de color rojo, mientras que la tapicería, preciosa, totalmente negra. Las llantas chirriaban, imitaban el sonido de un coche que toma una curva a velocidad. Me sentía feliz.

Desayuné y salí a jugar. Lo llevaba rodando por el medio de la acera. Al levantar la mirada, vi a dos niños, se acercaban. No los conocía, no los había visto nunca en nuestro residencial. Vestían con jerséis sucios y jirones en las perneras. Sus mejillas estaban coloradas, daba la impresión de que hubiesen aguantado el frío de la noche. A uno de ellos, el más pequeño, se le caían los mocos. No sé por qué, pero parecían enfadados. El más alto tenía una mirada intensa, de abusón. Me dieron miedo, me pareció que no tenían buenas intenciones. Cuando estaban casi encima, noté su olor sucio. De manera inesperada, se detuvieron y aplastaron mi coche. Lo pisotearon. Yo no sabía qué hacer. Parecía que disfrutaban con aquel estropicio. Una vez lo hubieron destrozado, echaron a correr.

Entré en casa y le conté a mi madre lo que había pasado. Ella telefoneó a mi padre. Cuando llegó, dijo que los Reyes Magos habían vuelto para dejarme otro regalito, idéntico al anterior. Así fue cómo me enteré de que los Reyes Magos eran una invención. Mi padre llamó a la policía. Les encontraron en las afueras, en un poblado que salía a menudo en las noticias. Vivían en casas de cartón. Casas que se sostenían una tras otra entre sí mismas, como un castillo de naipes, hasta que llegara la próxima tormenta, cuando tendrían que, de nuevo, empezar. Mi padre denunció a sus padres, lo hizo sin la menor muestra de lástima.

Mi madre le entregó ese otro coche tonto a la caridad, ni siquiera le quité el papel de regalo.




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