LOS PIRATAS PEGAJOSOS





La cantina bullía. Las jarras de vino, tapadas con rebanadas impregnadas en aceite, comandaban la celebración en honor a la sublime obra de Leónides Pérez, representada un rato antes en el Corral de la Pacheca. Tras las felicitaciones, las palmaditas en el pecho y los brindis, el autor se sentó junto con otros poetas y dramaturgos amigos a una mesa, donde charlaron de un tema que les despertaba interés: la proliferación de las ediciones contrahechas.

Leónides Pérez golpeó la mesa con el vaso de loza. Se sentiría impotente si le copiaran sus obras. Ya había tenido que declinar una propuesta para representar por esto mismo. Sus acompañantes siguieron la señal que efectuó con la mirada sesgada hacia dos celebrantes que, apartados del resto, conversaban al oído del otro.

Uno de ellos se trataba del empresario el cual le había realizado dicha oferta. Este sujeto había cosechado una detestable reputación a causa de modificar las obras que les compraba a los dramaturgos. Una vez que su compañía la representaba, la obra cambiaba diametralmente el significado que el autor le había atribuido.

La conversación regresó a la mesa. Uno de los dramaturgos comentó la existencia de una nueva amenaza para los autores surgida de entre el público: el memorión, persona dedicada a memorizar obras teatrales de una tacada y venderlas al mejor postor. Leónides Pérez soltó un exabrupto y, con el espanto marcado en el rostro, centró la atención en el empresario y su interlocutor.

Desconocía a este último. Cierto era que lo había visto en los bancos colocados para los hombres en el patio, entre el público, bajo la cazoleta donde ubicaban a las mujeres. Era común que cada individuo de los asistentes masculinos echara uno o dos vistazos, al menos, hacia este balcón superior en el transcurso de la obra, ya fuese buscando cruzar la mirada con alguna dama, por lascivia o, simplemente, por no desentonar entre sus congéneres. Sin embargo, este caballero había permanecido atento al escenario durante toda la representación.

El empresario despidió a este sujeto con unos golpecitos en el hombro y caminó hacia los autores sonriendo con astucia. Leónides se volvió hacia la mesa con el pánico orbitando en sus pupilas. ¿Sería ese hombre uno de esos memoriones? Una mosca aterrizó sobre la rebanada de pan que cubría la jarra, quedando untada por completo con el aceite. El insecto trató de accionar las alas, impulsarse con las patitas y hasta arrastrase, pero, por muchas soluciones que buscara, aquella sustancia pegajosa las corrompía todas. Protagonizaba la mosca sus audaces denuedos, cuando de la conversación brotó la idea de concebir ciertos derechos para los creadores.

El empresario, ya ante la mesa, le tendió la mano a Leónides. El dramaturgo levantó la rebanada, catapultó a la mosca disparando el dedo índice y, obviando el saludo, se merendó la tapa placenteramente.


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